El arma química como arma de terror

Autor: Rubén Ruiz Calleja

La comunidad internacional debe hacer frente hoy en día a riesgos y amenazas que no existían décadas atrás. El uso de armas de destrucción masiva es un ejemplo de ello. Los modelos y las estrategias de seguridad y de defensa de los Estados deben adaptarse, por tanto, a esta nueva realidad para hacer frente al uso de las armas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares como armas de terror que amenazan nuestro presente y nuestro futuro. Considerando que el terrorismo es la mayor amenaza actual para la comunidad internacional, el uso de armas de destrucción masiva por grupos terroristas sería letal para el mundo. En este análisis me centraré en las armas químicas, más rápidas y fáciles de fabricar y con una existencia más larga que el arma nuclear.

Efectivos de la Fuerza Especial Naval de Desembarque de Japón durante un ataque químico en 1937 en la Batalla de Shanghai

La primera vez que se utilizaron armas químicas a gran escala fue en 1915, en la Primera Guerra Mundial, cuando los alemanes usaron gas de cloro en la Segunda Batalla de Ypres, un ataque que se saldó con 5.000 víctimas entre las tropas aliadas. De la misma manera, los Aliados utilizaron gas venenoso contra Alemania cinco meses después. Se estima que durante la Primera Guerra Mundial murieron entre 500.000 y 1.200.000 de personas que fueron víctimas de los gases venenosos.

Una de las características de las armas químicas es que los agentes nerviosos pueden provocar la muerte en minutos, y su naturaleza invisible e insidiosa les otorga un poderoso impacto psicológico. Es evidente el riesgo que supone la manipulación de las armas químicas, así como su imprevisibilidad al dispersarse en zonas abiertas, pero puede contrarrestarse mediante una rápida intervención médica y suministrando antídotos.

Las armas químicas representan un riesgo permanente ya que no son difíciles de fabricar. Los agentes químicos pueden ser fabricados fácilmente en países con una industria química desarrollada y son más baratos que los materiales nucleares en lo que concierne a la tecnología y a la infraestructura necesaria para su producción. Además, este armamento puede fabricarse en plantas químicas civiles utilizando facilidades y materiales que son lícitos para uso civil, pero que pueden tener un doble uso como agentes químicos, como los fertilizantes, los insecticidas, los productos farmacéuticos y petroquímicos. Agentes pulmonares como cloro o fosgeno; vesicantes como el gas mostaza o lewisita; sustancias químicas como cianuro de hidrógeno y cloruro de cianógeno; o agentes nerviosos como el sarín, el tabún, el somán y el VX, son algunos de los productos que se pueden utilizar como armas químicas.

Hay que tener en cuenta que las armas químicas son fáciles de adquirir y de almacenar y no demasiado caras, pero sí que presentan dificultades para su fabricación en cantidades suficientes para un ataque a gran escala, así como para propagarse con eficacia. Por tanto, es relativamente fácil que una organización terrorista pueda adquirir este tipo de productos, aunque sólo puedan fabricarlos en pequeñas cantidades. No obstante, a pesar de la dificultad para diseminar estos agentes, los productos químicos son letales si se usan contra la población.

Mediante las armas químicas, además de causar un número importante de víctimas entre la población, los terroristas desean infundir  un sentimiento de miedo en la sociedad. Los grupos terroristas quieren evitar que la población se sienta cómoda en su entorno y desean que la población sienta miedo de estas organizaciones. El éxito de los grupos terroristas, pues, no pasa sólo por las víctimas producidas mediante una acción terrorista, sino por el efecto psicológico de temor que provoca en la sociedad. Ejemplo de ello es el ataque en el metro de Tokio con gas sarín en marzo de 1995 por parte de la secta budista japonesa Aum Shinrikyo (“Verdad Suprema”), causando 12 víctimas mortales, 4.500 heridos y un millar de personas con problemas de visión. Los servicios de emergencia japoneses no concebían este tipo de ataque ni estaban preparados para este tipo de emergencias, lo cual representó un desafío para la gestión de esta crisis en Japón.

En 1997 se creó la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ) con la Convención de Armas Químicas (Convención sobre la Prohibición del Desarrollo, Producción, Almacenaje y Uso de Armas Químicas y sobre su destrucción) como texto constitutivo. Tan sólo Angola, Egipto, Siria, Somalia, Sudán del Sur y Corea del Norte no han firmado su adhesión; e Israel y Birmania no la han ratificado. Sin embargo, a pesar de que en la Convención existen procedimientos de control y verificación, ésta tan sólo puede actuar en caso de denuncia por parte de los Estados, al no existir un sistema de vigilancia.

Un millón y medio de víctimas mortales y heridos han causado las armas químicas desde la Primera Guerra Mundial hasta nuestros días, en particular el cloro, el gas mostaza y el fosgeno en la Primera Guerra Mundial; el agente naranja en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Vietnam; el gas mostaza de azufre en las dos guerras mundiales y en la guerra Irán-Irak; y el gas sarín usado por Irak contra los kurdos en los años 1980,  y en Siria recientemente.

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Bibliografía:

Carpintero Santamaría, N., “El nuevo terrorismo”, en Atenea, No. 26, mayo 2011, Madrid.

Combs, C. C., Terrorism in the twenty-first Century, Upper Saddle River, Prentice Hall, 2003, New Jersey (USA).

Dokos, T. P., Countering the Proliferation of Weapons of Mass Destruction: NATO and EU Options in the Mediterranean and the Middle East, Routledge 2008, New York (USA).

 

Acerca de Rubén Ruiz Calleja

Alumnus of the College of Europe (Natolin) - Marie Skłodowska- Curie Promotion 2011-2012.
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